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¡Qué cosas tienes!, me dices,
y sonríes con ternura mientras te digo
que me gustaría ser ceniza
para que una ráfaga de viento
me llevara junto a su ventana.
Luego, entre bromas, quemo un papel
y soplo con todas mis fuerzas.
Los dos reímos ante el estropicio,
y tú haces que te quitas una brizna del ojo
para ocultar la lágrima
que amenaza con rodar por tu mejilla,
y yo..., hago como que no me entero.

Felices Fiestas para todos!!!



El agua, la nieve, los árboles desnudos con sus ramas caprichosas, el acebo y sus frutos escarlata, el cielo lleno de nubecillas cambiantes...
¡Qué major adorno que el de la propia naturaleza!

Una razón, cuatro besos, un portazo, un te quiero...




...y un adios.

En ese momento, en el que el letargo de un tiempo se rebela y los recuerdos que pasaban ante tus ojos en blanco y negro, se colorean; la piel despierta y el corazón rompe su monotonía. En ese momento, en el que te sorprendes sonriéndole al espejo y agradeciendo la imagen que en él se refleja, la ilusión vuelve, y la tomas con la punta de los dedos temerosa de que desaparezca entre la niebla. Pero esa luz intensa que se agranda mientras se acerca, impedirá que aparezcan de nuevo las sombras para sumirte en ellas. No seas cobarde, abre las manos y toma el regalo generoso con que la vida te obsequia.  

Los restos de un naufragio


Fui guardando cada una de tus palabras en mí caja de Pandora adornada con las tiras de un corazón hecho pedazos.
Allí permanecían ocultas en el fondo del armario. Tan solo, en las noches en las que la soledad oprimía mi garganta y amenazaba con cubrirme con sus velos, la buscaba como quien busca los restos de un naufragio. La acariciaba con las yemas de los dedos, y de su interior, un rumor de olas traviesas estrellándose con el casco de tu barco, me traían tu voz;  tan varonil…,tan amada. Cerraba los ojos y los apretaba hasta sentir el roce de tus manos tropezando con las mías. Un escalofrío, recorría como un rayo mi columna, y yo, saliendo del trance, apartaba mis dedos y la empujaba más al fondo.








La Cita

Ha esperado a que la noche caiga completamente y el silencio –roto por el canto de las cigarras y algún ladrido lejano – se adueñe del pueblo.
Una suave brisa mitiga el calor de la tarde moviendo rítmicamente las cortinas que cubren los ventanales.
Ella, está a oscuras en medio de la habitación. Los ojos muy abiertos y el cuerpo tenso como las cuerdas de una guitarra; espera a que se apague la última luz de la vivienda.
Ha llegado el momento, de un ágil salto sube a la ventana. Desde allí, es fácil llegar al tejado del cobertizo, sus pasos se mueven con cautela por el desnivel que forman las tejas. Se asoma y comprueba que la calle está desierta. Desciende con la pericia de quien lo hace habitualmente y se pega a la fachada para ampararse en la sombra de los muros. A cada paso que da, se detiene y observa en todas las direcciones hasta asegurarse de que nadie la sigue.
La luna, inmensa, brilla en el cielo que parece un lienzo de terciopelo negro cuajado de estrellas. Cómplice, la acompaña hasta las afueras del pueblo. Allí toma un camino que la conduce hasta el río. Se detiene a la orilla, en un claro entre juncos y cañaverales y se recuesta sobre la hierba húmeda por el rocío.
Los minutos disparan su corazón y el recuerdo de otras noches la enerva. El rumor del agua y el croar de las ranas acompañan su espera. ¡Sabe que él vendrá!
De pronto, una sombra, cubre completamente la suya. ¡Ya está aquí!, se dice, y una mueca de triunfo se dibuja en su boca. Busca los ojos del visitante, que en la oscuridad, adivina rojos, febriles. Apenas son grietas que dirigen hacia ella dos haces de fuego para recorrerla con lentitud y hacer que arda de deseo.
Arquea el cuerpo esperando la embestida y se prepara para el escarceo. Un gemido sale de su garganta helando la noche.
De madrugada, la luna se oculta tras los velos del alba, y ella, regresa rota y feliz, lamiéndose las heridas, desanda los pasos que la condujeron al río. Cuando amanezca, volverá a ser la gata que ronronea mimosa entre las piernas de su dueña.

Déjame contarte...

Déjame contarte,
que pasan los días y sigues conmigo,
que tu voz extraño
cuando por las noches
pretendo dormir y no lo consigo.

Déjame contarte,
que son mis mañanas
la promesa triste de un largo paseo
junto a la nostalgia
caminando el día sin saber de ti.

Déjame contarte,
que en cualquier momento se quiebra mi voz-
que pasan las horas y en mi corazón
llueve la tristeza,
duele la ilusión.

Déjame contarte,
que quise entregarte todo lo que soy
que esperé contigo retar al amor,
vivir tiempos nuevos,
tiempos para dos.

Déjame contarte,
que fue un sueño loco compartir tu sol
tu luna, tu vida,
compartir tu amor.





No es mía, me lo dedicaron a mí.

Pintaré un Otoño

Pintaré un Otoño

Pintaré un otoño para sustituir a éste que no llega.
Lo llenaré de hojas y musgos,
de castaños y ocres,
de cielos plomizos,
de ramas desnudas
y vientos con remolinos
para que se lleven con ellos la tristeza.

Le pintaré un camino, largo, largo…
Y una casa al lado
con su chimenea humeando,
las paredes encaladas
y las puertas abiertas.

También pintaré un río
bordeado de cañaverales
que formen remansos
para que habiten los peces
que no sepan nadar contracorriente.

Y te pintaré a ti, como sólo existes en mi recuerdo.


He acabado de escribir y han comenzado a caer las primeras gotas. ¿Será un presagio?

Verbo Amar

No perpetúes tu vigilia por un espejismo
sin sombra, que son ya muchas las lunas
cómplices de tu desvelo.

Deja que tus lágrimas se sequen con el soplo
gris del alba, y que ese halo amargo
que ronda tu boca, se torne ambrosía en otros labios.

Este viento de otoño, que tiñe de grises las azoteas,
trae consigo aromas de otros mares.
Y ya no es su nombre, o su huella,
lo que buscas en las terrazas vacías; ni es su voz
la que acompaña al murmullo de la lluvia
que golpea los cristales.

Ahora, que ya conoces el verbo en todos sus tiempos,
ha llegado el momento de conjugar el presente y olvidar el pasado.

Los pájaros de la memoria






Hay mañanas,
en las que los pájaros que te cruzan la mirada
se llevan en su vuelo tu sonrisa.
Entre lágrimas, tu voz de arena
rescata del desierto una plegaria
que nunca acabas y son tus dedos de alambre
los que tejen los recuerdos.

Regresas niña jugando en la escalera,
y aprietas en tu pecho esa la vieja muñeca
que solo ves tú. Pero al salir del trance,
lloras con desconsuelo rogándonos
que no soltemos tu mano porque
te sientes perdida.

No te rindas, luchadora.
La garra que amenaza con llevarse tu memoria,
es fuerte, pero no invencible

Soñar es vivir más veces

Divisé al viejo Anselmo sentado en su puerta, con la boina cubriéndole parte de la cara. Dormitaba como de costumbre, o al menos eso pensé yo. Me acerqué intentando no hacer ruido y observé que sonreía con una mueca que inundaba de luz su rostro ya viejo y arrugado. ¡Estará soñando! me dije, y sonreí también mientras me alejaba silenciosamente.

Si hubiera podido asomarme a sus sueños, lo hubiera visto allí, pasmado, mirando sin pestañear a una chiquita que lavaba la ropa en el río. Debido al esfuerzo que tenían que hacer sus pequeñas manos, rodaban dos perlas de sudor sobre su frente y de vez en cuando, ella levantaba el brazo para secarlas. Luego se inclinaba de nuevo sin ser consciente de que al hacerlo, dos incipientes pechos asomaban por su escote turbando al muchacho y acelerando su pulso.

Hubiera visto también, cuando años más tarde, convertido en un hombre de anchos hombros y fuertes brazos, depositaba en el lecho a la misma muchacha; más madura pero más bella si cabe. Y cómo sus toscas manos se volvían delicadas al despojarla de los velos blancos, que ante un Anselmo emocionado, ella luciera aquella misma mañana en el altar

Y por fin, los hubiera visto a los dos, ya mayores, en silencio -entre ellos, sobraban las palabras- la mano de ella descansando temblorosa sobre la de él, sentados ante el fuego de la chimenea y observabando absortos como se consumían los maderos convirtiéndose en ascuas. Probablemente pensarían, que al igual que el fuego devoraba la leña, el tiempo lo hacía con sus vidas, sin embargo, en el fondo de su retina, la llama iluminaba la profunda felicidad que los embargaba.

Me fui de allí sin saber, que la magia de los sueños daba a Anselmo la oportunidad de vivir muchas vidas como la que se llevó el tiempo.

Resistir

Si la base de nuestra frágil vida
se apoya en el cristal que se quiebra
en el primer suspiro, para qué gritar al viento
si el eco nos responde con silencio.

Si entre el Norte y el Sur, la distancia
la rubuca el calor que arrebata mis mejillas
y el frío que desprende tu mirada,
cómo evitar que el corazón se precipite al vacio.

Ni siquiera este cordón que hoy anida nuestros sueños,
tendrá la fuerza suficiente para sobrevivir a la caída.