tratando de cruzar a la otra orilla,
extendía sus ramas en vano empeño
y el hombre las cortó, hiriendo de muerte al tronco.
Nadie contó con la fuerza y tesón de sus raíces
que lograron llegar y horadar la tierra en la cuneta.
Brotaron seis vástagos gemelos,
seis ramas de débil envergadura,
amamantadas con la savia negra
de un cordón umbilical asfixiado.
Llevaban tatuado en el envés de sus hojas
la garra de de una estirpe milenaria,
savia nueva de una herencia firme
para luchar con un destino de exterminio.
Crecerán alineados en la orilla
para ser cómplices de amores juveniles
inmortalizados en sus troncos,
o testigos mudos del devenir de los hombres
que busquen su sombra.
