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Junio


Se aleja junio cargado de incógnitas,
y nos deja un soplo de fuego en la nuca.

Queda una promesa en el aíre
envuelta en la silente quietud
que vertebra los sentidos.

Las noches, más cortas, esperan
que el rosario de horas azules
se desgrane lentamente.
Vestidas de oro y sepia,
su vertical caricia, nos empuja
a vivir al son de su cálida música.

Buen viaje!







Sé que te inventaste un oasis
fragmentado en papel y celuloide,
pero era tu vida, y la vivías
eligiendo el vino y las rosas
y algunas gotas de ambrosía
resbalando por tus labios.

Sé que pusiste sonrisas a las penas,
que ocultaste como nadie
el hollín que amenazaba por tiznar el paisaje
y oscurecer el horizonte.

Sé también, que te has ido
ligera de equipaje, que te has llevado
unas caricias robadas y los sueños intactos.

Y sé que supiste, que incluso en terreno infértil
hay semillas que arraigan y resisten la adversidad.

Si tú te vas

Si te vas,
en la estancia que habitaba nuestra sombra
quedará el silencio colgando de los cuadros
y un filo de luz dispersa atravesando los espejos.


Si te vas,
reconstruiré tu silueta en la penumbra
recorriendo con la yema de los dedos
los trazos que creabas con los tuyos
descendiendo por mis hombros
y bajando por mi espalda.


Si te vas,
regresaré a mis renglones vacíos
de horas infértiles conjurando al alba
hasta que lleguen de nuevo las golondrinas.

Sueños en blanco y negro

Qué nos quedará en otoño
cuando la luz nos tiña de grises
y el alba nos sorprenda
cubriéndonos con su lengua de acero.
 
Si enmudecen nuestros cuerpos,
si hibernan las caricias,
quedarán los sueños exentos de azul,
 y algunas flores enmarcadas en pan de oro,
para recordarnos, que dentro de nosotros
aún late la primavera.

Pisando fuerte


Intuyo los reproches silenciosos
de todas las mujeres que hay en mí.

Ellas, que amaron y sufrieron conmigo,
que se hicieron fuertes con mi fortaleza
creciendo a mí ritmo
y afrontando el desanimo con mi entereza,
no me juzgan.

¡Callan y esperan!

Tienen la certeza,
de que un día, más tarde o más temprano,
acortaré mis vestidos,
subiré a mis tacones,
y regresaré.

Pisaré fuerte de nuevo por la vida.


  

Apóyate en mi brazo

Apóyate en mi brazo, susurra,
mientras se esfuerza él mismo
en mantener el equilibrio
que le niegan sus huesos
gastados por el tiempo.

Caminan despacio,
arrastrando la huella
en su paseo cotidiano
de la mañana del domingo.

Les espera su banco, en el parque,
y un sol generoso que entibia su frío.

¡Espera!, le dice, sacando un pañuelo
impoluto y planchado por ella,
para limpiar el asiento
de hojarasca y rocío.

Se sientan despacio
con las manos trenzadas
y guardan silencio.
Él busca en el recuerdo
otras mañanas de domingo
cuando ella, lozana y bella,
bajaba corriendo la colina
con su vestido de flores
y su melena al viento,
se ponía de puntillas
y le estampaba un beso.

Sus párpados cansados
ocultan la emoción
que le trae el recuerdo.
Con dedos temblorosos
rescata la caricia de sus labios,
y sin mediar palabra
le devuelve el beso.
Rutina

No busques la belleza en el exterior de las personas
suele estar enmascarada.
Bucea su fondo, piérdete en el torbellino de sus ojos
y no te resistas a ser el niño que descubre su sexo,
el joven que desborda pasión,
o el viejo cum laude en sabiduría de la vida.

Y vuelve a ti, con las manos vacías de avaricia,
cálzate los zapatos de seis leguas para desandar lo recorrido.
Llénate de orgullo por ser capaz
de construir los andamiajes que te eleven
de la vulgar cotidianidad
con la que nos envuelve la vida.

He salido a la calle abrazado a la tristeza:
vi lo que no mira nadie y me dio vergüenza y pena. (.....) Fito & Fitipaldis


Laureles de plástico.


La noche se cubrió de frío, se congelaron las piedras,
se resquebrajaron los podios que sobre ellas se sustentan.

Si se han roto los espejos,
si en sus trozos sólo hay muecas de decepción y vergüenza,
¿Dónde buscar los activos necesarios para llegar a la meta?

Si se cambia: compañerismo, disciplina y,
respeto al adversario, por una ambición desmedida;
Cómo exigir sacrificio cuando las fuerzas flaquean,
mientras otros, sin tanto esfuerzo, van logrando las gestas.

Tienen su duelo los sueños
cuando la esperanza se entierra.
Princesa sin alas.

Sentada en su trono con ruedas
rodeada por el silencio del olvido,
sus miembros desfallecen lánguidos
en un absurdo sinsentido.

Sus manos vacías,
sus pies sin alas,
la huella dolorida.

Todo su cuerpo grita en silencio
recordando la hora maldecida.

¿Qué mira la princesa, más allá de la distancia?
¿Por qué sus ojos se extravían conmovidos?
¿Qué pasará por su cabecita distorsionada y retorcida?
¿De qué dimensión nos llegan estos seres exquisitos?

Extraño mundo éste, que primero no corta las alas y luego nos hecha a volar.



Es un parque como otro cualquiera, lleno de árboles y bancos, zona de columpios y una pista circular para patinar. Cada tarde, numerosos grupos de mamás, observan a sus niños, mientras éstos se divierten con gran alborozo; subiendo y bajando con habilidad asombrosa entre el entramado de cuerdas, cadenas y barras de los más diversos colores y formas.
La suelo ver allí, sentada en su silla de ruedas al lado de un banco algo alejado del bullicio. Haga frío o calor, una manta de cuadros rojos y negros cubre sus piernecitas. Sus manos, se retuercen sin cesar, y su cabecita, que permanece inclinada hacia la derecha, sube y baja ritmicamente como si asintiera a preguntas inexistentes, o la menos, inaudibles a nuestros oídos. Sin embargo, su boca, –siempre abierta-, sólo emite extraños sonidos que tan pronto parecen un lamento como una carcajada. Por la expresión de sus ojos, que se pierden tras las palomas que revolotean a sus pies, uno puede imaginarse cuan grande es su deseo de volar aunque fuera con alas prestadas.
 A su lado, una mujer oriental, parece pendiente de sus gestos pero su mirada es inexpresiva y fría. La observa en silencio y como mucho, de vez en cuando, saca un pañuelo doblado de su bolsillo y la limpia unas lágrimas imaginarias.
Esta tarde, de la boca de la niña no salía ningún sonido y su mueca dolorida se había transformado en una gran sonrisa. Sus manitas permanecían inmóviles mientras una mujer, de aspecto elegante, las acariciaba con serena delicadeza. Las dos se miraban intensamente con un diálogo mudo que sin duda, les hacía cómplices y felices.
Esta tarde el parque tenía una luz especial.





La distancia entre dos puntos, no siempre es una línea recta.



Como si fueran hojas de los árboles en otoño,
o fruta madura;
las etapas de la vida, cumplen su ciclo vital.
Acabado éste, también caen asfixiando las raíces.


Las hojas muertas, se transforman en el compost
que alimenta ramas nuevas.
Las etapas concluidas, cimientan las venideras,
y de nosotros depende elegir el camino para
salvar los obstáculos con la experiencia adquirida.


Pues a pesar de las encrucijadas del destino,
la razón nos dice, que una línea recta
siempre es más corta que una quebrada.

VIDA ROTA

Se deshiló el cordón de una vida presentida
y cayó al suelo con el estrépito del cristal roto.
El tiempo quedó en suspenso
mientras la sangre brotaba humillada.

Aún busca en el subconsciente
el punto frágil que quebró
ahogando así el llanto neonato.

Y se pregunta,
¿por qué el castigo hizo diana
en donde el dolor es más agudo?

Ahora sólo le queda
recoger los vidrios esparcidos por la sala
y tratar de recomponer con ellos un sueño de nueve meses.

La ausencia empaña los cristales.

Volver a ti
y descubrir que el tiempo se detuvo en mi ausencia,
que los cristales aún continúan empañados
y todavía quedan ascuas encendidas en la chimenea.

Volver a ti desafiando al tiempo y la distancia
sin más equipaje que mis labios sedientos de tu sal,
vestirme con tu piel y descansar del largo viaje
 acostada en tu cuerpo.

Volver a ti y no sentir prisa por regresar.

Después del adiós.

Regaré el camino con tus flores,
la senda que escogiste al partir.
Y volvoré en primavera,
para saberte vestida con colores y armonía;
perfumada por las gotas de un rocío recién amanecido.

 Agradecida a la caricia del sol
que entibia tu rostro.
Escucharé tus pesares
y seré lluvia para llorar contigo.

Nuestra casa.

No hay muros gruesos
 ni puertas o ventanas por cerrar.
Basta con bajar los párpados
 y liberar los sentidos
para trasladarnos al hogar
contruido en la distancia y el tiempo
y forjado en la memoria.

Un espacio para nosotros,
escogidos por los dos,
donde el sol, el mar o las estrellas,
no están fuera, sino dentro.

Mi casa eres tú, tu casa soy yo,
nuestra casa somos nosotros.

Alas.


El hombre nace libre, pierde sus alas al nacer.
Luego, durante toda la vida
se empeña en que le crezcan de nuevo.
A veces, estas alas recien nacidas,
son tan frágiles que solo le permiten
planear a ras de suelo.
Tan a ras del suelo, que los charcos
las mojan haciéndolas inservibles.
Otras, se engaña construyéndolas de plástico, y el primer rayo de sol, las derrite con su calor.

Pero yo sé de un lugar
en donde adquirir alas indestructibles,
que te permitirán volar alto y tan lejos
 como llegue tu imaginación.

En ese lugar
podrás encontrar tantas como libros
descansan en sus estanterías.
(Fotografía tomada prestada del foro de Ruiz de Aloza)

Se mueve el mundo

De su mundo queda:
Un tiempo del pasado desgajado a mordiscos,
heridas que aparecen tras la piel como ladrillos rojos bajo cal viva.

Una boca que calla,
una sonrisa encarcelada, embutida en un corsé social construido con silencios.

Pero sus ojos… No hay barrotes para sus ojos.
Vuelan tan alto y tan lejos como lo esté su horizonte,
o se pliegan escondiendo sus misterios con un leve parpadeo.

Por una mirada suya,
por un brillo de estrellas en sus pupilas,
se mueve el mundo.

Ese mundo que a veces, nos sorprende generoso

Añoranzas

En perpetua transición entre el ayer y el hoy
 me llegan los recuerdos rescatados al olvido,
como si un eco de campanas muy lejanas
quebradas por el golpe del badajo
desprendieran esquirlas de metal narcotizante
y se clavaran en la mente paralizando la memoria.

 ¡Qué lejos queda ese pasado idealizado!

Transitábamos por las tardes estivales
sentadas en el quicio de la puerta
hilvanando las costuras de la vida,
remendando frustraciones
o bordando (des)esperanzas
sobre un lienzo cuajado de puntadas invisibles.

 Añoranzas de una vida ya vivida.

Equipaje

 Me traigo el sol, la luz y la sal
la espuma de las olas bajo mis huellas
los secretos compartidos con los peces
a través de sus ojos silenciosos y esquivos.

El verde serpenteante de la vuelta.

Y te traigo a ti,
desprendido de corazas,
nuevo, renovado…más mío.

Te crecerán las ramas.

Te sentí árbol de tronco erguido
cual rayo quebró sus ramas
 hiriendo en lo profundo la armonía
arrastrando con la herida a la desgana.

Tu sombra se desplaza lentamente
descubriendo las raíces que crecían enterradas.

Ahora, medio desnudo,
 a tus píes crece la retama
destruyendo la alfombra fresca
en la que yo me acunaba
 mientras algún rayo de sol osado
se colaba entre las hojas y acariciaba mi cara.

Tal vez si llegan las lluvias
 y te regalan su agua
esa herida cicatrice
 y crezcan nuevas ramas.

Viajar con la imaginación.

Los rayos de sol hirientes y generosos de agosto penetran a través de las ramas jóvenes del sauce bajo el que estoy tendida sobre la hierba, creando un juego de luces y sombras sobre mi cara, un sopor agradable me invade y me predispone a la ensoñación.
Contemplo extasiada a una colonia de vencejos, aparentemente y ante mi ignorancia en lo que respecta al comportamiento de estas aves, su vuelo es desorganizado. Forman extrañas filigranas rompiendo el azul del cielo en un incansable ir y venir.
Mucho más arriba, casi rozando las nubes, un puntito plateado se mueve con rapidez partiendo el cielo en dos con una finísima estela. Por su trayectoria bien puede ser un avión lleno de turistas del norte en busca del sol y las playas del sur.
En ese estado de ensoñación donde se confunde la realidad con la fantasía, mi imaginación me traslada dentro del aparato convirtiéndome en el pasajero número cero. Desde esta privilegiada posición, contemplo al resto del pasaje y voy deteniéndome en cada viajero a la vez que creo mi peculiar composición. Es como un juego que me atrae desde niña, crear historias basándome en la observación o en los detalles y palabras que se escapan aquí y allá. Me detengo en una pareja acompañada de dos pequeños, éstos se remueven intranquilos en el asiento sin comprender muy bien porqué deben permanecer atados. Sus gritos molestan a otros pasajeros adultos que van leyendo o contemplan la pantalla de la TV con los auriculares puestos. Los padres, azorados, hacen un gesto de disculpa y esperan la comprensión de los demás, al fin y al cabo, sólo son niños. Un poco más al fondo, un grupo de jóvenes ocupa varios asientos contiguos, levantan la voz para hablar con los amigos que van sentados más atrás. Sus risas a veces en tono demasiado elevado, también llaman la atención de los otros pasajeros. Sin embargo, nadie dice nada, vuelven a sus libros o películas mientras algunos murmuran a modo de disculpa -"Todos hemos sido jóvenes"-. Los muchachos, inconscientes, siguen hacíendo planes sobre lo que harán en sus vacaciones y disfrutan de veras.
Planear unas vacaciones, no deja de ser como vivirlas dos veces. Al otro lado del pasillo, dos ancianos, un hombre y una mujer de avanzada edad y aspecto agradable, se miran con cariño, con la confianza que da el conocimiento mutuo, el saber que no hacen falta palabras para entenderse. Sus ojos lo dicen todo. Sus manos ajadas por el paso del tiempo, permanecen entrelazadas. Las venas, casi superficiales, dejan entrever como sus pulsos laten al unísono.
 Despierto y me río sola ante esta capacidad mía para elucubraciones y fantasías, pero estoy convencida que imaginar historias es lo más parecido a vivirlas.